Sería sencillo culpar a las redes sociales de la muerte del análisis gastronómico. La extinción de los fondos por las formas se resume en la observación de las editoriales, perfiles de Instagram, y medios que hablan de gastronomía. Si bien la libertad de expresión es columna vertebral de la sociedad moderna, la relevancia de los dichos no es trascendente. En el mejor de los casos es contingente. Todos pueden expresarse, pero no toda opinión es eminente.
Porque así como la capacidad lingüística no asegura la profundidad de lo expresado ni la posibilidad de ejercer la literatura como oficio, la habilidad de deglutir no confirma la opción de opinar sobre lo consumido, mucho menos de pasar de espectador a cocinero. Si bien es capacitista, anacrónico y positivista, la libertad para analizar un fenómeno no puede estar determinada por la aparente ausencia de complejidad para abordarlo. No por ser inicialmente fácil significa que cualquiera pueda, o deba, hacerlo.
Opinar de gastronomía es necesariamente conocer de ella. No se requiere una maestría en filosofía, pero sí de conocer los aspectos primarios que le dan sentido. Un teléfono, dinero para pagar la cuenta, y conexión a internet para publicar los personalísimos pensamientos no deben ser el pase para convertirse en doctor de la ciencia culinaria. No se trata de que los legos respeten a los expertos hasta la adulación, sino que comprendan las complejidades de una actividad milenariamente desdeñada que hoy tiene tintes de espectáculo a la manera del fútbol como negocio multimillonario.
Es hacer que los analistas tengan el mínimo conocimiento del fenómeno al que se aproximan. Que los que hablan de fútbol hayan pateado un balón, recorrido una cancha, experimentado el triunfo y la derrota. Es hablar instalados en la motivación teórica/especulativa porque su construcción desde lo práctico/material los acredita a hacerlo. De lo contrario, cualquier análisis es intrascendente. Describiría los hechos, relataría lo evidente, y haría rápidas y fáciles conclusiones para después exhibir desconocimiento. Si el espíritu hegeliano se despliega dialécticamente en busca de su libertad, el análisis deportivo actual, y analógicamente el culinario, cuando se hace desde la valiente ignorancia se convierte en su versión en negativo. La estupidez desplegándose a sí misma. Leviatán en sentido uróboro.

La persona y su herramienta.
Cualquier persona puede usar un cuchillo. Usado con conocimiento puede hacer cortes increíbles, despiezar proteínas hasta encontrar secciones suculentas, tornear una zanahoria hasta convertirla en flor. Usado desde la desinformación puede matar. No es culpa del cuchillo, sino de quien lo blande, de sus conocimientos previos y fines. Pero como hoy la vida es un teatro, ya no importan ni el filo del cuchillo ni cómo es usado, sino qué tan bien se ve la persona que lo sostiene.
Una vez la gastronomía se trató de los productos y las técnicas. Hoy es de quién dice qué prepara y cómo aparenta hacerlo. La libertad se convirtió en libertinaje, murieron las reglas, y el caos no entrópico se convirtió en canon performático. La única regla es olvidar las reglas. Es rebelarse frente a supuestos códigos arcaicos. Es ver en cada límite moral o profesional un enemigo hasta convertir en sistema aquello que surgió como protesta. Es convertirse en crítico de restaurantes, cocinero e influenciador sin saber hervir agua. Es hablar sobre fútbol sin saber que la pelota es redonda.
Un teléfono inteligente en sí mismo no es maligno, su uso virtuoso o defectuoso lo lleva a construir o destruir. Tampoco un micrófono es arma mortal, es su capacidad megafónica de ciertas ideas lo que lo hace peligroso. En última instancia, no se puede culpar al monstruo de Frankenstein de no saber ser humano. La responsabilidad está en quien le dio vida, quien tomó la decisión de convertirse en divinidad encarnada. Ni la obra ni los instrumentos para materializarla serán responsables de la podredumbre del autor, porque hasta las personas más corruptas iluminan de vez en cuando. Es el creador quien carga con el peso de lo creado. Cada quien sus culpas. Cada uno con el trozo de cadáver que cocinará. Cada víbora que muera con el veneno de su propia cola.

En clave mundialista.
Negar el sentido capitalista del mundial de fútbol es idiota. Pero es estúpido creer que eso suprime el carácter sublime del deporte más jugado del planeta. Lo mismo con la gastronomía. Es falso creer que la pervertida versión de élite restaurantera cargada de hipócritas promesas es sinónimo de la nobleza contenida en el acto de cocinar. La gastronomía como rasgo humanizador es vasija de belleza, de capacidad creativa material y filosófica. La complejidad comercial del juego y la cocina debiera ser consecuencia de su carácter etéreo. Lamentablemente, el mundo está al revés: se priorizan las relaciones económicas sostenidas con hilos de pantomima.
Si bien jugar y cocinar no son derechos humanos en sentido constitucionalista, sí podrían ser considerados baluartes del ser. Son la materialización de miles de años de autoconstitución humana. Un resumen de los avances y taras de la sociedad. Son hilos conductores entre el pasado, el presente y el futuro; entre el sentido divino del hombre, y la humanidad de dios. Son dos de los pocos actos que, en la intimidad individual o colectiva, dan personalidad a manera de vínculo civilizatorio. Cambiar, por unas monedas, la sensación de libertad que producen es vil. Lo etéreo en patear un balón, pensar la gastronomía, analizar el deporte, cortar un filete o meter un gol poco tiene que ver con el negocio. La vida se va en saber distinguir entre lo sublime y lo mundano, entre el juego y el teatro. Nada humano es simple. Decidir jamás lo ha sido. Se trata de ser o aparentar serlo.

