Para innovar hay que investigar mucho. Profundizar en el conocimiento tradicional y luego innovar.
La investigación debe motivar cambios, sustanciales, superficiales, profundos o radicales, pero siempre cambios. Investigar para obtener conocimiento sin promover cambios en el ambiente de origen del saber o sin provocar que otros le reconozcan como valioso y lo utilicen sería inútil. Para luego innovar sin complicaciones ni fallas.
La correcta investigación debe realizarse pensando en que ese conocimiento original sea motivador de transformación, pueda aplicarse en otras áreas o genere ideas que hasta ese momento parecían imposibles. Innovar es un resultado, es una consecuencia, el fin de un proceso y el inicio de otro proceso. Investigar es un ciclo sin fin.
Un investigador que no provoca cambio, que se queda con el conocimiento o que solo pugna por el registro de datos sin una finalidad es un profesional que cumple a medias con su objetivo o deja de cumplirlos.
La innovación es el resultado directo, implícito, sincero y obvio de cualquier proceso de investigación. La tarea se vuelve compleja -más no imposible- en gastronomía cuando se reconoce como un proceso humano. Investigar para transformar a otros es un riesgo, si se hace desde los planteamientos de la Investigación Gastronomica y sus Valores Fundamentales se vuelve una obligación.
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